I. Las cicatrices que no se ven
El bullying no es "cosa de niños". Es violencia. Violencia sistemática, repetida, contra alguien que no tiene las herramientas para defenderse. Y las cicatrices que deja — aunque no se vean — pueden durar décadas.
Adultos de 30, 40, 50 años que todavía escuchan la voz del compañero que los humillaba en la primaria. Que siguen sintiéndose inadecuados. Que eligen parejas que los tratan mal porque aprendieron que eso era lo que merecían.
El bullying no termina cuando sales de la escuela. El bullying termina cuando alguien te ayuda a sacar de tu cabeza la voz del que te hizo daño y a reemplazarla con la tuya.
II. No es solo cosa del pasado
Si fuiste víctima de bullying y nunca lo trabajaste, probablemente cargues creencias que no son tuyas: "no valgo", "soy raro", "nadie me quiere". Esas creencias se instalaron cuando eras niño y se convirtieron en los lentes con los que ves el mundo.
La terapia te ayuda a quitarte esos lentes. A ver que lo que te dijeron era mentira. A reconstruir la imagen de ti mismo desde la verdad, no desde la crueldad de otro niño que tampoco sabía lo que hacía.
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Procesamiento del trauma relacional temprano. Reestructuración de esquemas de defectuosidad y exclusión social. EMDR si hay TEPT. Trabajo de reparentalización si hubo negligencia de adultos cuidadores.
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