I. La máquina que se apagó
Trabajaste duro. Siempre trabajaste duro. Llegabas temprano, te ibas tarde, contestabas correos a las once de la noche, decías que sí a todo porque así te enseñaron: que el trabajo duro es virtud y quejarse es debilidad.
Hasta que un día tu cuerpo dijo basta. No con palabras — tu cuerpo no habla así. Lo dijo con insomnio, con dolor de cabeza constante, con un nudo en el estómago cada domingo por la noche, con ganas de llorar sin razón aparente camino al trabajo.
El burnout no es flojera. Es el resultado de dar más de lo que tienes durante más tiempo del que tu cuerpo y tu mente pueden sostener. No es que no quieras trabajar. Es que ya no puedes.
II. No es solo estrés
El estrés dice: "hay demasiado que hacer". El burnout dice: "ya no me importa". Esa es la diferencia. Cuando llegas al punto donde lo que antes te apasionaba ahora te da igual, cuando la sola idea de abrir el correo te genera ansiedad, cuando fantaseas con desaparecer — no necesitas vacaciones. Necesitas ayuda profesional.
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Evaluación con MBI (Maslach Burnout Inventory). Trabajo en límites laborales, reestructuración de creencias sobre productividad y valor personal, técnicas de regulación emocional. Considerar incapacidad temporal si hay riesgo de colapso.
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